Diana Chorne

Por León Ferrari

Hay algo perturbador y enigmático en las obras de Diana Chorne. Y pienso que tal vez se relaciona con su propia trayectoria personal: fue alumna de Urruchúa y de Batle Planas, estudió a Freud y a Lacan y es psicoanalista.

Difícil, entonces, no volver a preguntarnos por los orígenes o los motivos de las imágenes, colores o volúmenes que producimos, es decir, por las determinaciones innumerables de las cosas que hacemos, por el modo en que se cuelan en un cuadro o en un dibujo los disgustos, los recuerdos, las angustias y las alegrías de los ayeres de uno mismo y de los demás. Si lo que llamamos arte es el resultado de una zaranda por la que siempre pasan algunos de los miedos y de los gestos y de las palabras felices o resignadas que decimos o escuchamos, nuestras músicas y nuestras danzas, el recuerdo de cosas olvidadas o que nunca conocimos, ¿cómo saber qué es lo que el tamiz selecciona o cuáles son sus reglamentos y preferencias?
Esta curiosidad por averiguar dónde se esconde en una obra cada momento visto o escuchado, por pretender realizar una especie de radiografía que consiga localizar entre las rayas y los colores las caras, las risas y los llantos conque se van tejiendo nuestras vidas, se agudiza frente a los originales y sugestivos trabajos de Diana.
El colage, esa desordenada caminata entre pedazos de cosas, puntillas, números, letras, restos de plátanos y pinceladas, parece una hoja arrancada de un cuaderno de notas de Diana, una suerte de taquigrafía en clave de sus conclusiones sobre las tristezas o los ardores propios y ajenos. Más taquigráficas todavía son sus escrituras o parlamentos, como el malón de peces, o esas misteriosas sucesiones en blanco y negro de gente retorcida, de elefantes, de guitarras y de bichos desconocidos que se resignan a deformarse y a descuartizarse en silencio para poder expresar una desavenencia o, quizás, el atisbo de una armonía que nunca les llega.
En la misma línea, otra veta ciertamente destacable en la obra de Diana es su serie de personajes estilizados, verdaderos Giacomettis redivivos y actuales, muñecos algunas veces sin brazos ni piernas, con el torso que empieza bajo la cabeza y se extiende hasta la base, gente que sólo parece destinada a pensar y a mirar, impedida de abrazar, obsesivos escudriñadores.
Un párrafo aparte me merece su balde con dos banderas: la pintada en el balde y la de la cinta en el brazo que sale del cemento (o que ha sido enterrado en el cemento). Esta pieza, que fuera expuesta en la muestra organizada recientemente por el MAR en la Recoleta, es una fuerte y lograda representación de un país que sigue cantando “oíd el ruido de rotas cadenas, ved en trono a la noble igualdad”.

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