Diana Chorne y la historia del arte
Por José Emilio Burucúa
Los objetos de arte que crea Diana Chorne denotan una familiaridad y un conocimiento muy vasto de toda la historia del arte del siglo XX.
Ello sucede al extremo de que una de las fuentes más inmediatas del goce que desencadena la visión de sus artefactos es el juego de las alusiones, remedo de uno de aquellos laberintos de espejos enfrentados que descubríamos en los teatros de la infancia, y en los parques de diversiones.
Las cajas de Diana nos remiten pendularmente a Joseph Cornell y a Arman.
Sus collages resumen la historia del género desde los cubistas de 1912 hasta Adolfo Nigro, cuyo eco resuena, junto al de Torres García, en los discos policromáticos, en los barcos, en los juguetes y en los tótem de tapicería que se anudan con las esculturas de desechos transfigurados para devolvernos la imagen de Picasso, el demiurgo del siglo por antonomasia, en Horta de Ebro, Antibes o Vallauris.
Lo interesante del proceso es que hay en todos los casos una metamorfosis de los modelos. Una refracción de los deslumbramientos ocurridos en la mirada de Diana frente al arte, un acogimiento y una apropiación de todos ellos, que la conducen a un estilo personalísimo, en primera instancia lúdico.
Let us play then.
Burchia era una barca usada en el Arno para el transporte de las mercaderías más variadas, desde frutas, pescados, vasijas de vino y aceite, hasta tejidos finos, cuadros y esculturas.
Animales vivos, jinetes, pastores con sus rebaños, mujeres y hombres de toda laya también cruzaban el río sobre esas embarcaciones de poco calado pero de manga ancha, en las que podía encontrarse la variedad del mundo y su desorden.
Al parecer, el espectáculo de las burchie era colorido y extraño, movía al asombro pues se veían pasar a gran velocidad sobre las aguas seres y objetos inconciliables con cualquier idea de navegación. Risas, retruécanos, chistes, saludaban desde las orillas el paso de esas naves de casco prácticamente invisible.
En el Quattrocento, el barbero florentino Domenico di Giovanni, personaje ingenioso y zumbón, buen hacedor de versos y también burlón empedernido (sus sarcasmos contra los Medici le valieron cárcel y largo exilio), inventó una manera peculiar de componer poesía cómica: juntaba palabras, narraba acontecimientos, asignaba acciones a hombres y bestias sin relación aparente entre unos y otros, salvo la de ser objetos verbales que fluían según el discurrir del poema.
Sus contemporáneos comenzaron a llamar a ese modo estrafalario y jocundo de componer versos “rimar alla burchia” mientras que Domenico se convirtió en el Burchiello.
Pues bien, no estoy lejos de creer que Diana Chorne pinta, compone y ensambla alla burchia, por lo que la contemplación de sus objetos es capaz de engendrar en nosotros el disfrute, la alegría y la risa que provocaban los poemas de Burchiello.
"Quien hacía tac y quien tic:
parecía que cantasen el re mi ut,
todo el solfeo del gran Ferabric.
Y el duque de Sterlic
dijo al regresar: '¿Qué hará Enoc?
nosotros cantaremos el hic, el haec y el hoc'".
Pero hay más en el horizonte remoto de la historia del arte, lejos de las revoluciones estéticas del siglo XX, que nos permite hacer nuevas comparaciones y encontrar más causas de la comicidad placentera suscitada por cualquier colección de obras de Diana.
Me refiero a la pintura de los Bamboccianti, una forma de protesta estética contra las alturas y la seriedad envarada de la Academia de San Lucas en la Roma del Seicento.
Pieter Van Laer, un pintor flamenco activo en la ciudad de los papas alrededor de 1630, cultivaba las representaciones de escenas populares y cotidianas en pequeño formato, con una pincelada suelta y una paleta estridente. Su sobrenombre era Bamboccio, deformación de la palabra flamenca bamboots, el “sin gracia”, que señalaba la silueta desgarbada del artista.
Lo cierto es que su pintura espontánea y desprejuiciada fue llamada muy pronto bambocciante y el apelativo se extendió a todos los artistas que imitaron a Van Laer y buscaron alcanzar el mismo éxito de sus pequeñas obras.
Algo paradójico sucedió entonces: bambocciante dejó de ser sinónimo de “sin gracia” y terminó significando una nueva “gracia”, inédita, la nacida del dinamismo de una forma de representar los temas de la plaza, de la calle y de la vida popular.
Diana Chorne hace un arte alla burchia, pero también podría ser vista como una bambocciante de nuestros tiempos.
Y en este punto se impone un tercer paragone, porque cierto artista de aquella escuela, Michelangelo Cerquozzi, proyectó las tramas de pincelada libre y materia pictórica densa sobre las escenas de guerra y batalla, con lo que el desparpajo bambocciante se convirtió en instrumento para la figuración del desasosiego, de la destrucción y del dolor sin sentido.
The game is over.
De manera equivalente, la acumulación burchiellesca de nuestra bambocciante Chorne ha migrado, en los mapas de una memoria de pesadilla y, más todavía, en el cuadro emblemático de esta muestra, hacia la representación contradictoria de un término o final irrepresentable. Un círculo rojo ha estallado en el manojo de esas cintas que parecen nóminas de una magia arcaica y que rozan la negrura vislumbrada del abismo.
Tal vez el significado remoto de esta colección de cosas tan dispares que Diana Chorne expone hoy consista en habernos llevado a navegar por el mar de la risa y del Witz bajo la forma del sinsentido, según querría Freud, de tal suerte que nos imaginamos yendo en busca de otro oráculo de la botella como Pantagruel, pero la princesa Babuc no nos dijo “trinck” sino “muerte”, para "curarnos de nuestras angustias". Y no obstante, hay aquí una belleza cierta que nos permite soportarlo.